Me rio de la felicidad falseada que exhala por sus poros mientras  adorna su rostro enmascarado con una mueca de sonrisa. Va  tan muerta como siempre inflando su pecho, llenándolo de una vida que no la resucita de su fenecido estado. 
Ante los ojos de la inocencia, ilusiona con luces que tapan su oscuridad, ojos que seducen, atrapan y condenan a serles fieles. Pero sus ojos ocultan una sensación vacía perceptible solo parta quienes han cruzado esa falsa claridad a través del indecible acto de confianza, más allá de la luz que encandila no hay nada más que su real naturaleza.; la que se debate en entre tristeza y dolor.
En su cristalina belleza no se permite el sollozo, y la sinceridad esquiva se cierra bajo llave hermética al llanto que su garganta implora. Cada sonriente mirada se traduce en lágrimas por sus venas asimiladas, y su cadáver prosigue en la procesión que lleva ya tantos años en su cuerpo.
Ahora habla por la boca de otros, con frases que no replican en los oídos de nadie más que el de ella; inaudible a otro conocimiento que no sea la búsqueda de la propia soledad. Grita en silencio, y nadie la escucha, solo yo … desde lejos y acallado, veo las huellas de su dolor.