No sé bien como empezar, puesto que no se bien como empezó. 

Hace mucho y muy poco, un lejano verano me cubrió con la sensación prodigiosa de su calor, pero otro Sol de invierno me mostró un día gris de marzo que ese estío terminó mucho antes de que perdiera su ardor. 


Fue corto el tiempo que le siguió: fue un suspiro y un hálito de vapor entre mezclado en el solitario frio de abril cuando la propia lluvia se me negó . Rebelde a la caida ni una gota se apresuró. Así el gris de algodón cubrió el cielo y tornó pasivo el horizonte donde el futuro no es más que el siguiente paso a dar en medio de la bruma.

Mas, ni las nubes son eternas, ni la noche, ni el invierno sin Sol. De la nada, o del todo, tu rayo de luz derribó el grisáceo manchón de cielo, penetrando en las miradas de quien huíamos de tu ruin calor. Temeroso, me negué, nos negamos, yo y mis dudas. Pero siempre he muerto por mi propia boca y me he condenado en el instante de hablar. Vacio de calor, me tendí, me entregué y la luz me cegó. Pagano, levante un altar y de mis acciones hice religión. Creyente, sacerdote y Papa en un mismo instante fui yo. Y seducido por el cielo, caí.

Oh, veleidoso Sol que mis actos no agradan, con tus brazos me quemas y  hieres. En la noche me das la espalda, y hasta mi nombre prohíbes. Dices que no quieres altares, pero en claras mañanas reclamas y buscas mi oración. Evitas mi presencia en tus grandes solares, mas en oscuros rincones me quitas la oscuridad.

Mas ahora eres un loco corazón, indeciso en tu andar, irreconocible es tu calor; te enciendes en noches enteras de Sol, mas cuando parece que en el alba vas a aclarar, la luz se te extingue y todo se torna bruma,… y ya comienza a nublar mi pensar.